Con información de El País
En medio de las luces del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, una historia nacida en el corazón de La Guajira logró captar la atención del público y la crítica internacional. Se trata del cortometraje La casa del viento, dirigido por la cineasta wayuu Marbel Vanegas Jusayu, una obra que pone en el centro del debate las tensiones que atraviesan las comunidades indígenas frente a los proyectos de energía eólica en su territorio.
La producción, presentada en la edición número 65 del festival, no solo destaca por su valor cinematográfico, sino por la profundidad de su mensaje. A través de una narrativa íntima y familiar, la película retrata las divisiones que han surgido dentro de comunidades wayuu ante la llegada de iniciativas energéticas que, aunque prometen desarrollo, también transforman su entorno ancestral.
La historia se sitúa en Apotnojushi, una comunidad en zona rural de Uribia, donde el debate sobre la instalación de un parque eólico ha generado posturas encontradas. Mientras algunos ven en estos proyectos una oportunidad económica, otros advierten sobre el impacto cultural y ambiental que implica intervenir un territorio que para el pueblo wayuu no es solo tierra, sino identidad, memoria y espiritualidad.

Más allá de la denuncia, la obra también es un ejercicio de memoria. La directora apuesta por contar la historia desde lo cotidiano, utilizando el wayuunaiki como lengua principal, en un acto que refuerza la identidad cultural y posiciona al cine indígena como una herramienta de resistencia y preservación.
Este enfoque se alinea con una tendencia creciente dentro del cine indígena en América Latina, que ha dejado de centrarse exclusivamente en la denuncia para explorar narrativas más humanas, cercanas y universales, sin perder de vista las problemáticas estructurales que enfrentan estos pueblos.
La presencia de producciones wayuu en el FICCI no es un hecho aislado. En los últimos años, el cine de estas comunidades ha ganado visibilidad como una forma de contar su propia historia, desde su mirada y con sus propias voces.
En este contexto, el cortometraje de Vanegas no solo abre una conversación sobre la transición energética y sus efectos en territorios indígenas, sino que también posiciona a La Guajira como un escenario donde se cruzan debates globales con realidades locales profundamente complejas.
El reconocimiento en un festival de talla internacional reafirma que el cine wayuu no solo está contando historias, sino también construyendo memoria, identidad y reflexión en torno a uno de los temas más sensibles del presente: el desarrollo y sus impactos en las comunidades.






