Hay momentos en los que un gobierno debe entender que no todo lo que puede hacer es necesariamente lo que debe hacer. Y cuando una tragedia golpea a comunidades que lo han perdido prácticamente todo, la prioridad debería ser evidente: techo, agua, alimentos, atención médica, recuperación de viviendas y condiciones mínimas para volver a empezar.
Por eso, el problema no son los balones.
El problema es que, en medio de la emergencia provocada por el sismo, el presidente haya aparecido en zonas afectadas del Chocó entregando balones de futbol que, además, llevan la marca y publicidad de su partido, Defensores de la Patria. La imagen resulta difícil de justificar cuando todavía existen familias enfrentando necesidades básicas y tratando de reconstruir sus vidas.
El deporte es importante. Los niños tienen derecho a jugar, a recrearse y a recuperar espacios de normalidad después de una tragedia. Nadie debería cuestionar que se entreguen balones o implementos deportivos cuando las necesidades esenciales están cubiertas.
Pero una emergencia no puede convertirse en escenario de promoción política.
Mucho menos cuando los recursos, la presencia institucional y la comunicación oficial del Estado deberían estar concentrados en atender a quienes fueron golpeados por el desastre.
Una pelota puede arrancarle una sonrisa a un niño. Y eso tiene valor. Pero esa sonrisa no puede utilizarse como telón de fondo para una estrategia de posicionamiento partidista. La solidaridad pierde parte de su sentido cuando aparece acompañada de propaganda política.
Las víctimas no necesitan que el Estado les recuerde quién gobierna. Necesitan que el Estado esté presente para garantizarles derechos.
Necesitan soluciones concretas. Necesitan viviendas seguras. Necesitan agua potable. Necesitan alimentos. Necesitan atención en salud. Necesitan acompañamiento psicológico. Necesitan recuperar sus medios de vida. Y, sobre todo, necesitan sentir que no fueron abandonadas después de que las cámaras se marcharon.
Gobernar durante una tragedia exige sensibilidad, pero también sentido de las prioridades.
El presidente y su gobierno tienen todo el derecho de promover el deporte. Lo que no deberían hacer es confundir una ayuda social con una oportunidad de propaganda partidista.
Porque cuando una familia duerme sin techo, un balón con un logo político no es una solución.
Y esa es precisamente la discusión que debemos tener: no sobre si los niños merecen jugar —por supuesto que sí—, sino sobre si el Estado está haciendo primero lo que las víctimas realmente necesitan.
En una emergencia, las necesidades de la gente deben estar por encima de los intereses del partido.
El problema no son los balones. El problema es olvidar que, antes de jugar, hay familias que necesitan volver a tener un hogar.

