Colombia atraviesa una de las tragedias más dolorosas de su historia reciente. El terremoto del pasado 10 de agosto ha dejado cientos de muertos, miles de heridos y comunidades enteras enfrentadas a la destrucción. En momentos así, el país no necesita discursos grandilocuentes ni gestos para las cámaras: necesita un Estado preparado, coordinado y presente.
El gobierno de Abelardo de la Espriella llegó al poder con una decisión que hoy cobra factura: el accidentado proceso de empalme con la administración saliente. La transición no es un trámite burocrático; es el mecanismo que permite que un gobierno conozca las capacidades, protocolos, recursos y responsables de cada entidad antes de asumir. En una emergencia de esta magnitud, cualquier vacío de información puede traducirse en horas perdidas y, peor aún, en vidas que no se recuperan.
También resulta difícil comprender la insistencia en mantener a Barranquilla como centro del despacho presidencial cuando la principal maquinaria institucional del Estado permanece en Bogotá. La Casa de Nariño no es simplemente un edificio: es el corazón operativo y político del Gobierno nacional. Una crisis de esta dimensión exige tener al alcance inmediato ministerios, organismos técnicos, Fuerzas Militares, cuerpos de socorro y entidades responsables de la respuesta.
Más grave aún resulta cerrar, restringir o demorar la llegada de equipos internacionales de rescate cuando cada minuto cuenta. Si países como México, China y otros están dispuestos a poner especialistas, tecnología y experiencia al servicio de los colombianos, la prioridad debería ser salvar vidas, no levantar barreras diplomáticas o políticas.
Y finalmente está la imagen que difícilmente podrá borrarse de esta tragedia: un presidente lanzando besos durante una conferencia en la que el país esperaba conocer cifras de muertos y víctimas. Puede haber explicaciones para un gesto desafortunado, pero hay momentos en los que el decoro no admite improvisaciones.
Colombia no eligió un presidente para posar. Lo eligió para gobernar.
En una tragedia nacional, el liderazgo se mide por la capacidad de anticiparse, coordinar, escuchar a los expertos y actuar. Hoy, más que nunca, el Gobierno debe entender que la vida de los colombianos está por encima de cualquier proyecto político, regional o personal.